¿Por qué le damos más importancia a la razón y menos a nuestros sentimientos y emociones? ¿Nos da miedo describir nuestras propias emociones?
Hace poco tuve una experiencia inusual pero muy sanadora y relajante. Me regalé un tiempo para sentir mis emociones, para descubrirme en las diferentes sensaciones que nos llevan a actuar, a tomar decisiones y en últimas a vivir.
Creo que siempre he tenido una especie de recelo hacia ese encuentro conmigo misma, a darme el espacio de expresar lo que siento— porque si hay una constante en mí, esa es la del miedo—y tal vez, aplacé por largo tiempo ese regalo para mi propio sentir. En todo caso, en esta experiencia guiada por una coach y psicóloga ontológica, logré experimentar lo que sentimientos como el miedo, la ira, la tristeza, la alegría y el amor causan en mí físicamente. ¿Qué hace mi cuerpo cuando tengo estos sentimientos? Tal vez lo sabía, pero no había sido plenamente consciente hasta esta vivencia de mis emociones en un ambiente enfocado únicamente a ellas.
Ese día, ese taller con María Isabel López me hizo reflexionar sobre las emociones y más tarde me encontré un texto del doctor Daniel López Rosetti, especialista en clínica médica y cardiología. Su libro, Emoción y sentimientos, aborda los conceptos de las emociones desde la premisa: “no somos seres racionales, somos seres emocionales que razonan”. Y esta frase me resonó porque siempre nos han enseñado lo contrario, que nos distinguimos de los otros animales por la razón y que eso es lo que debería primar en nuestro accionar y en esa idea tan firme para la adultez: la toma de decisiones basada primordialmente en la razón y la lógica.
Sin embargo, desde que somos niños actuamos desde ese cúmulo de emociones que no sabemos cómo manejar y en la mayoría de los casos nos quedaban el llanto y la frustración como forma de exorcizar aquellas sensaciones. ¿Puede ser esta una de las reacciones más frecuentes de los niños —y de los adultos en general—? Creo que frente a diferentes sentimientos, ya sean de tristeza o de gran exaltación y alegría, en varias ocasiones, el común denominador es el llanto.
Pero ¿por qué siempre el llanto? Encontré algo de esa respuesta en el texto de López Rosetti, y estoy de acuerdo cuando menciona que en la escuela nos enseñan diversas materias para el conocimiento general, muy enfocadas en la razón y la lógica. No obstante, no es tan frecuente ese espacio para el encuentro con nuestras propias emociones y sentimientos. Y sí que es necesario ese tiempo en el aula o fuera de ella para reconocer lo que sentimos, cómo lo sentimos y quiénes somos cuando sentimos, cómo nos comportamos.
Desde ahí fue que empecé a descubrir nuevos aspectos de mi expresividad. Como no siempre traemos un espejo o una cámara frente a nosotros, el poder generar esos momentos de introspección me llevó a estos cuestionamientos sobre lo que somos desde la emocionalidad.
Recuerdo que cuando pequeña tuve episodios en los que no podía controlar el llanto frente a situaciones de cambio. Aunque no me angustiaba el hecho del cambio o el estar en ambientes diferentes (o, al menos, no era consciente de esa angustia), me acechaba esa sensación de miedo por no poder volver a casa. Sin importar lo bien que me sentía con la gente que me rodeaba, o que la situación no fuera angustiante, en un momento me agarraba el miedo y no paraba de llorar.
Creo que para ese tiempo era importante tener esa guía que me ayudara a transitar todas las emociones que sentía por el cambio: la emoción de estar en un ambiente nuevo, la felicidad de estar con amigos, la incertidumbre de no saber qué tanto iba a cambiar o cómo ser yo en esa otra situación. Poder tener la oportunidad de explorar mis emociones, darme cuenta de ellas y empezar a organizar esas herramientas que te ayudan a tramitar los impactos de diferentes situaciones, que aunque esperadas o inesperadas, siempre causan algo en el interior y hay que saber cómo manejarlo.
López Rosetti también afirma que “cuando se produce una emoción es procesada a nivel consciente por nuestra corteza cerebral y adquiere una expresión simbólica”1. Pero cuando no se cuenta con las herramientas para identificar esas emociones o sentimientos, esa expresividad se trastoca: “si no podemos conceptualizar lo que sentimos, permanecemos ajenos a nuestros sentimientos” en una suerte de analfabetismo emocional.
Desde esa idea identificar mis emociones y darles una connotación, he intentado conectar con lo que siento, dejarlo fluir e interpretar de la mejor forma una acción para disfrutar las emociones o para manejarlas si se trata de sentimientos negativos. Aunque pueda parecer algo innato o propio de la madurez de cada quien, no todo el mundo es consciente de sus emociones y es por eso que recaen en actitudes impropias o decires que—tal vez, sin notarlo—hieren a otros.
Actuar únicamente con la lógica, a veces, nos trae problemas, porque más allá de comprender con la razón, debemos aprender a comprender las emociones propias y las del otro. La empatía es un sentimiento clave cuando abordamos situaciones complejas o conflictos. El método no radica solo en la razón, requiere de sensibilidad y cuidado de las palabras y las acciones.
Entonces, ¿cómo canalizar esas emociones? En mi caso particular he identificado que el arte es uno de esos catalizadores de los sentimientos. El cine, la pintura y, por supuesto, la música me han enseñado a vivir mis emociones y algunas veces a expresarlas.
Aunque no soy experta en música académica,por ejemplo, tengo referentes en mi memoria de piezas clásicas que han hecho parte de mi vida en diferentes momentos y que aun cuando no reconozca con exactitud los nombres de las obras o de sus autores, sí puedo recordar que los escuché viendo una película o una de mis caricaturas favoritas y que me hiceron reir o pasar un momento feliz, de hecho algunas de esas obras me traen esa sensación del ambiente y de las personas con las que estaba disfrutando aquel espacio.
Es así como encuentro la mejor forma de relacionarme con mi interior y entender mis cambios, mis transformaciones, mis decisiones y la mujer que soy ahora, que aunque no sea la misma de hace unos años. sí conservo las herramientas de siempre —he adherido otras en el camino— para enfrentarme a los desafíos del mundo y seguir la vida rondando esa triada maravillosa de la pasión, la intimidad y el compromiso que me hacen seguir amando quien soy, a los seres que me rodean y a la vida misma.
- López Rosseti, 2018. Pag. 71 ↩︎

